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13 Abril / 08:02 hs
En defensa de la risa


Yo, desde niño, sonrío. Así lo aprendí de mi padre y de mi madre
Ante los problemas y sinsabores de la vida, hay dos actitudes: Los que sonríen o los que se sumergen en este valle de lágrimas. Yo, desde niño, sonrío. Así lo aprendí de mi padre y de mi madre. En cambio, últimamente me ha sorprendido ser criticado por esta tendencia mía tan natural a la risa.

Hace dos semanas, coincidiendo con la inauguración en Salamanca de la Plaza de la Constitución, en cuya urbanización y mejora la Junta de Castilla y León ha invertido un millón de euros, me llamó la atención que un columnista se sorprendiera de “mi sonrisa abierta, plena de satisfacción y orgullo”.

Curiosamente, tan sólo cinco días después, otro columnista, me criticaba por todo lo contrario en el mismo acto donde, a su entender, yo no sonreía.

Comprenderéis mi sorpresa y perplejidad. Si me río, me critican. Si no me río, también. Si me río, no se entiende. Si no me río, sorprende. ¿Seré criticado ría o llore? ¿Realmente reía o no reía yo en la inauguración de la plaza de la Constitución? ¿Me desdoblo sin saberlo? ¡Dios mío, qué lío!

Nunca había imaginado ser el portador de una sonrisa tan inspiradora. La misma que otro columnista ha catalogado también recientemente como “la sonrisa del régimen” (¿?)

A la gran mayoría de mis amigos y a las personas que admiro, las recuerdo siempre sonriendo. Me sucede, por ejemplo, con el historiador Manuel Fernández Álvarez; sonriente, tanto en las solapas de sus afamados libros como en otros documentos como en el programa de mano del pregón de la Semana Santa de Salamanca. También me he dado cuenta de que la inmensa mayoría de las personas que comparten conmigo mi página de “facebook” aparecen sonriendo en sus fotografías. Hasta sonríe el toro del perfil del salmantino Raúl González.

Permitidme, por último recurrir a una gran obra literaria, adaptada con éxito a la gran pantalla, para avalar el uso de la risa: “El nombre de la rosa”, novela de Umberto Eco que llevó al cine el francés Jean Jacques Annaud, recrea una lucha dialéctica memorable en plena biblioteca entre el español Jorge de Burgos, un monje anciano y ciego no sólo de vista, y el franciscano Guillermo de Baskerville, interpretado por Sean Connery en uno de sus papeles más afortunados.

La risa, como defiende Guillermo de Baskerville, es un atributo humano. El propio San Francisco reía con frecuencia y es sabido que otros santos también se valían del humor contra los enemigos de la fe. Por ejemplo, como recuerda “El nombre de la Rosa”, cuando los paganos sumergieron a San Mauro en agua hirviendo, se quejó porque su baño estaba frío. El sultán metió su mano en el agua y, lógicamente, se la escaldó. El segundo libro de la Poética de Aristóteles ensalza también el sentido del humor y la risa como instrumentos de la verdad.

¿Qué tiene por lo tanto de malo la risa cuando no se emplea para ridiculizar a los demás? ¿Qué tiene de malo sonreír cuando se inaugura una nueva obra? Y si no me hubiera reído, ¿qué hubiera tenido de malo no hacerlo? ¿Me reí o no lo hice?

Sea como fuere, espero, al menos, haber despertado vuestra risa. Un abrazo… con la mejor de mis sonrisas. Para vosotros, como bien sabéis, siempre será la de un amigo.

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