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06 Mayo / 11:51 hs
El toro: Símbolo de España y arquetipo de todos los españoles, por Mariate Cobaleda


Mariate Cobaleda, gran estudiosa del mundo del toro, es autora del libro "El simbolismo del toro: La lidia como cultura y espejo de la Humanidad"
“Mientras haya toros en España, seguirá habiendo toreros y la fiesta continuará”. Esta es la firme convicción de un gran maestro, de una incomparable figura del toreo, como es Santiago Martín, El Viti.

Ahora, cuando en estos momentos vuelve a cobrar actualidad la fiesta taurina por la iniciativa política y legislativa de prohibir la celebración de corridas de toros en Cataluña, parece el momento de reflexionar y de hacer balance del valor taurino, o mejor táurico -como diría Unamuno-, que a lo largo de los siglos fundamenta la cultura española y meridional, al tiempo que da sentido al ser y a la esencia de todos los españoles.

Afirmaba Ortega y Gasset, desde su autoridad y erudición, que no se puede conocer la historia de España, desde el siglo XVIII hasta nuestros días, sin tener presente la historia del toreo.

Sin entrar a valorar los distintos y variados argumentos que en el parlamento catalán se esgrimieron, a favor o en contra de los toros, no estaría mal recordar también las palabras de uno de los grandes poetas españoles de todos los tiempos, como es Federico García Lorca, quien desde su exquisita sensibilidad llegó a afirmar que “la fiesta de los toros es la fiesta más culta que existe en el mundo”. Por ello, es responsabilidad de los políticos y de los gobernantes preservar y defender este patrimonio cultural, que, desde su incalculable valor artístico, enriquece a todos aquellos que disfrutan profundamente cuando se entregan a la emoción del arte taurino. Un arte tensado entre lo bello y lo sublime.

Por eso, debemos destacar las iniciativas tan importantes para proteger y promocionar el mundo de los toros, como las que se han diseñado desde la Junta de Castilla y León, y, concretamente, desde la Consejería de Interior y Justicia, que dirige el consejero Alfonso Fernández Mañueco. Un ambicioso proyecto que cuenta con tres ejes fundamentales, entre los que destaca, el aspecto educativo y cultural con la posibilidad de que en la escuela se explique el ecosistema, el hábitat del toro y la forma de criarlo. Todo un acierto para colocar al toro en el lugar cultural que le corresponde.

Y es que, debemos tener presente que toda la cultura española, desde el Paleolítico Superior –cuando aún España no se denominaba España- podría ser estudiada a lomos de un toro. La antropología, la arqueología, la etnología o los principales géneros artísticos, nos colocan ante este fenómeno cultural de primer orden, que sin parangón posible obra en España. El arte taurino se inscribe en el contexto de la milenaria cultura del toro.

A lo largo de miles de años, el toro fue uno de los máximos exponentes simbólicos que el hombre encontró en el cosmos para referirse a sus dioses. Culturas como las de Mesopotamia, Egipto, la India, Creta, Grecia, Roma o la Península Ibérica, convirtieron al toro en emblema de la inmortalidad y de la luz: en el símbolo del dios de la semilla o del grano de trigo, que muere en el seno de la tierra para dar fruto. Las virtudes más nobles de la humanidad siempre se han sublimado en los dioses. Y el toro, como cristalización simbólica de lo sagrado, era ya el depositario de aquellos valores eternos, de los anhelos y aspiraciones más profundas y universales, que a lo largo de los siglos han servido de impulso e inspiración para toda la humanidad.

Y en España, a través de su historia, el pueblo español fue convirtiendo al toro en el protagonista de su cultura, de sus fiestas y de muchas de sus creencias. Desde la Edad Media y, sobre todo en la época del Barroco, las más importantes celebraciones del momento, tanto políticas, como religiosas, populares o institucionales, se celebraban con encierros y corridas de toros, como las bodas o nacimientos de los miembros de las casas reales o de la aristocracia, al igual que las canonizaciones de santos o la bendición de templos y catedrales, por parte de la Iglesia.

En el siglo XVIII tendrá lugar la institucionalización de las corridas de toros. Aparecen los primeros reglamentos, y el torero se profesionaliza. Surge entonces la tauromaquia, el arte del toreo que se va depurando hasta llegar a la estética del temple y la quietud. Y en el centro, ese toro milenario, que desde su bravura y su nobleza se convierte en emblema de la ética universal: ese toro inmortal y eterno, que, como nos dice Rafael Alberti, “nadie puede doblarlo, ni nadie puede matarlo, porque toda España es él”.

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