Don Manuel Fernández Álvarez
Manuel Fernández Álvarez en la Feria del Libro en la Plaza Mayor de Salamanca (Foto ICAL)
Hoy se cumple un mes del fallecimiento del gran divulgador del siglo XVI español. Don Manuel Fernández Álvarez era un hombre sabio, pero la mejor de sus virtudes era su humanidad.
Tuve la inmensa fortuna de conocer bien a Don Manuel Fernández Álvarez gracias a la sincera amistad que durante décadas compartieron con mis padres tanto él como su mujer, Marichun.
Don Manuel, Manolo, fue el gran divulgador del XVI español, como es mundialmente conocido tras dedicar más de cincuenta años de su vida al estudio del siglo de oro con obras tan aplaudidas como las de Carlos V, Isabel la Católica, Felipe II, Juana la Loca o Cervantes. También era pública su labor excepcional como investigador, Académico y escritor que supo acercar la Historia a centenares de miles de personas. A las luces y a las sombras de la Historia de España.
Era un hombre sabio y bueno. Un historiador de nuestros días, visión desde la que nos guiaba y seguirá enseñándonos a través de sus libros.
Sin embargo, el gran público no conocía la mejor de sus virtudes: Su humanidad y su gran corazón. El que compartió durante sus fecundos 88 años de vida como marido, padre y amigo.
Hoy se cumple un mes de su fallecimiento en Salamanca, en su Salamanca querida. La ciudad que le otorgó la Medalla de Oro en 2005 como reconocimiento a su dilatada labor y valorando sus profundos conocimientos de la época de los Austrias. También fue catedrático emérito de la Universidad de Salamanca y su nombre era reclamo y foco de atracción para la formación de varias generaciones de estudiantes y también para excelentes historiadores atraídos por su magisterio.
Don Manuel, Manolo, lo fue todo. El primero desde la Universidad. Se licenció como Premio Extraordinario en Valladolid y como número uno de su promoción. Se doctoró con Premio Extraordinario en Madrid y también con “Cum laude” en la Universidad de Bolonia. Después llegó el Premio Nacional de Historia (1985) y el Premio Castilla y León de Ciencias Sociales y Humanidades 2006, entre otros muchos reconocimientos. Pero nadie le ganó nunca en humildad. Pese a todos sus éxitos, jamás renunció a su sencillez y bondad.
Este mismo año me demostró de nuevo su amistad cuando aceptó presentarme como pregonero de la Semana Santa salmantina. Lamentablemente no pudo acompañarnos en La Clerecía porque aquella noche, 23 de marzo, su delicada salud le jugó una mala pasada. Sin embargo, su texto sí fue leído. Unas palabras cargadas de cariño y amistad que escribió con el aliciente de presentar a un gran amigo recordando como cuarenta años antes, dato que calificó de “verdaderamente emotivo”, me precedió en tamaño honor mi padre, al que le unió una “viva amistad”. Palabras sentidas y cercanas que cerró con el recuerdo a mi familia. “Esa familia cristiana formada por Alfonso Fernández Mañueco, con la referencia a su mujer y a sus dos hijas. Pero también con el emocionado recuerdo a su madre, a la que en este momento quiero expresar mi sentimiento de profunda amistad, y sobre todo el otro recuerdo entrañable al gran amigo que ya se nos ha ido, al padre de Alfonso, don Marcelo, con tanta más razón”.
Días después del pregón de Semana Santa, me envió una carta disculpándose por no haber podido acompañarnos. De las últimas palabras que escribió de su puño y letra el Maestro de maestros.
Don Manuel, Manolo, vivirá para siempre en la Historia, pero también en el recuerdo de quienes aprendimos a quererle casi tanto como seguiremos admirando siempre sus enseñanzas y su ejemplo como ser humano. Hoy, un mes después de su fallecimiento, su última obra, “España: Biografía de una nación”, ya es un nuevo best-seller pero en mi libro faltará su dedicatoria. Hasta siempre Manolo.