Medallas de Oro de Luciano González Egido y Olegario González de Cardedal
Alfonso, acompañado del presidente de las Cortes, junto a las dos nuevas Medallas de Oro de Salamanca (Foto ICAL)
La ciudad de Salamanca concede hoy sus galardones anuales más preciados, Las Medallas de Oro, a dos pensadores y creadores de múltiples lecturas y extenso saber: El profesor, crítico y escritor Luciano González Egido y el teólogo, catedrático, sacerdote y escritor Olegario González de Cardedal.
Ambos han recorrido en esta vida el camino del saber que, normalmente, no se abarca en varias existencias y han hecho bandera y defensa de los valores que atesoran Salamanca, Castilla y León y España. Predicando desde la palabra y el respeto. Defendiendo que la cultura nos hace libres.
Luciano González Egido es un autor que alumbra historias que no caducan. Desde la invasión napoleónica de la provincia de Salamanca o los túneles del paraíso, en los que se sumerge en su última novela para, tras incumplirse las promesas del progreso, sacar a la luz el infierno cotidiano que sufrieron los hombres y mujeres de los Arribes del Duero a finales del siglo XIX.
Firme defensor de la cultura, Luciano mantiene que “promocionar el libro es promocionar al hombre” porque la lectura “hace libres” a los ciudadanos. La mejor inversión en la libertad para los hombres, a juicio de este hacedor de historias orgulloso de la lengua castellana que él prestigia con historias profundas.
Leer a Luciano González Egido es leer a Salamanca, y apreciar todos los matices y riqueza de nuestro idioma. Da igual si prefieren sus libros de Unamuno, o sus novelas como “La fatiga del sol”, su ambiciosa “La piel del tiempo” o “Cuentos del lejano oeste”. Independientemente de su elección, este autor les devolverá siempre la confianza que depositaron en su verbo ilustrado.
Olegario González de Cardedal, abulense de cuna, allá en su querida Lastra del Cano, se reconoce contemporáneo del presente y pasado vivo de Salamanca. Durante cuarenta años ha sido catedrático de Teología en la Universidad Pontificia y siente, desde la distancia más cercana, la imborrable presencia de Francisco de Vitoria, Melchor Cano, Domingo de Soto, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz.
Desde las aulas en las que estos grandes hombres le precedieron en el uso de la palabra, Olegario nos ha enseñado que la fe se transmite desde una convicción personal vivida, no como un hecho físico ni como una demostración científica.
Olegario nos ha enseñado que la familia debe asumir su necesario papel educativo, que la colaboración entre escuela y familia logrará hacer ciudadanos, hombres y hermanos. “Escuelas como familias; familias como escuelas”. Que la familia, en definitiva, es el marco más idóneo para formarnos en la fe, donde las personas aprendemos a dar y a recibir amor. Que la educación cristiana es una educación para la libertad.
Como me escribió en una carta de su puño y letra “ha sido un inmenso don de Dios poder haber dedicado estos años a la teología en Salamanca, donde tantos amigos y lectores, comenzando por tu padre, me habéis acompañado”.
Hoy la ciudad de Salamanca hace justicia concediendo la Medalla de Oro a dos de sus hijos más ilustres, que enriquecen un palmarés que prestigian nombres tan destacados como ellos.